-¡María!
Una voz familiar sonó entre los matorrales, junto al camino de regreso a Toledo. De allí salió su hermana, parapetada tras ellos.
-¿Que hacéis vos aquí? -preguntó sorprendida.
-Salvaros, hermana -contestó escuetamente la recién llegada y a la par mostró su sonrisa.
Pero a María, tras escapar del asedio del Alcázar, le urgía regresar a la ciudad y reunir a las tropas que aún le quedarán.
-Debemos volver, Toledo y sus gentes nos necesitan.
-Ya no les debemos nada, María. Todo esta perdido, es el momento de huir. Vuestro marido yace lejos de aquí, y la ciudad caerá más pronto que tarde en manos del Rey.
Una mueca de rabia se movió en la comisura de sus labios.
-¿Acaso osas llamar rey a ese extranjero? -inquirió María.
-¿Es que no es el hijo de Juana? La misma que no aceptó el reinado que le ofreció vuestro marido, para no enfrentarse a su hijo.
Un breve silencio acompaño aquella afirmación. María se tomó su tiempo en contestar. Pero lo hizo con firmeza:
-No merece Castilla gobernantes que no la aman. Fuimos la primera comunidad del reino y mantendremos la llama. Soy María López de Mendoza y Pacheco, viuda de Juan de Padilla, capitán general de los comuneros, Leona de Castilla, Brava Hembra, Centella de Fuego y defenderé con mi vida hasta el último comunero.
Se le nublo la vista a la interlocutora, su hermana no veía el peligro y era terca y cabezota.
-Apenas un día habéis mantenido el alcázar, ya no hay tropas francesas en Navarra que entretengan al rey, los nobles ya no apoyan la revuelta, y tuvisteis que apuntar vuestros propios cañones hacia la ciudad para evitar las deserciones, no debéis regalar al rey vuestra cabeza. Vuestro hijo Pedro no debe quedar huérfano de madre.
-¡No rendiré la ciudad!
-¡Por Dios que no lo haréis! Solo debéis marchar, el camino hacia Portugal este despejado, cruzareis la frontera antes que descubran vuestra marcha.
No tenía intención de ceder pero entre los matorrales apareció en aquel momento el pequeño Pedro, que corrió hacia los brazos de su madre y la hizo quebrar.
-¿Quien sabe todo esto?
-Nadie lo debe saber -le dijo mientras la ayudaba a montar el caballo-. Hay un largo viaje hasta Talavera, allí os darán cobijo y os acompañarán el resto del camino.
-Hermana, yo... -Las palabras se ahogaba en su garganta-. Yo hice lo que pude -afirmó, con lágrimas en los ojos.
Apenas la dejo decir más.
-Nuestro hermano Luis intercederá por vos, cuidad del pequeño.
Una sonrisa envolvió el abrazo entre las dos.
Cuatro de febrero de mil quinientos veintidós.
domingo, 31 de marzo de 2019
miércoles, 6 de marzo de 2019
La cuchara
Una parábola perfecta. Mi mano describió una parábola perfecta hasta impactar en su rostro. Después continué con un par de docenas de puñetazos. En la cabeza principalmente. Paré cuando mis pulmones se ahogaron. Puto tabaco. Uno de mis golpes le alcanzó en el plexo solar. Boqueaba tirada en el suelo del salón. Ella estaba más asfixiada que yo.
Maldita loca. A pesar del cansancio la rabia volvía a mi. No tanta como al principio. La suficiente para seguir pateándola. Un poco más. Hasta oírla disculparse. Unas horas más tarde vino la policía.
Me denunció. Hice mal. Yo la quiero. Estamos enamorados. No era mi intención. Yo no quería. Fue ella. Ella empezó. Ella me insultó. Yo no tenía intención. Fue ella. Yo no soy así.
¿Qué otra cosa podía hacer? Tenía que defender mi honor. Soy un hombre. No soy un animal. Me puso el plato de sopa en la mesa. No había cuchara. ¿Como pretendía que comiera la sopa? ¿Con las manos? ¿Acaso soy un puto cerdo?
Fue culpa suya, pero ella me quiere, estamos enamorados.
Maldita loca. A pesar del cansancio la rabia volvía a mi. No tanta como al principio. La suficiente para seguir pateándola. Un poco más. Hasta oírla disculparse. Unas horas más tarde vino la policía.
Me denunció. Hice mal. Yo la quiero. Estamos enamorados. No era mi intención. Yo no quería. Fue ella. Ella empezó. Ella me insultó. Yo no tenía intención. Fue ella. Yo no soy así.
¿Qué otra cosa podía hacer? Tenía que defender mi honor. Soy un hombre. No soy un animal. Me puso el plato de sopa en la mesa. No había cuchara. ¿Como pretendía que comiera la sopa? ¿Con las manos? ¿Acaso soy un puto cerdo?
Fue culpa suya, pero ella me quiere, estamos enamorados.
sábado, 15 de septiembre de 2018
La vuelta en Vizcaya
Tiene la vuelta ciclista a España cierta propensión, durante los últimos años, a los puertos de cuestas imposibles, aunque los puristas de la bicicleta renieguen de las montañas que se suben y bajan por una única carretera. Justo como ayer, donde el monte Oiz impuso ese tipo de porcentajes a los ciclistas.
Allí sufrieron todos, los que llegaron primeros, los favoritos a la general y el pelotón de rezagados, finales tan duros donde hasta el ganador de la etapa llega dando bocanadas de aire y necesita un auxiliar junto a la meta para ayudarle a mantener el equilibrio. Momentos en los que los ciclistas se preguntan cuántas trampas y cuestas de este tipo les han puesto los organizadores antes de llegar a Madrid el domingo. Solo quedan cuatro días para terminar la vuelta.
Cada etapa tiene tantas historias como corredores participan en ella, todas llenas de ciclistas, de corredores que disfrutan y sufren a partes iguales, buscando sus pequeños momentos de gloria cada día.
Fabio Aru es un ciclista italiano enjuto y de permanente sonrisa que lleva un último año complicado, con malos resultados, enfermedades y que tampoco está levantando cabeza en la vuelta. Ayer no fue su mejor día, con una caída antes de la última subida que le dejó con medio glúteo al aire, el culotte roto, sangrando y maldiciendo contra el cambio de marchas de su bici. Aun así, se subió otra vez a la bicicleta y continuó hasta la meta.
David De la Cruz es un corredor del equipo Sky, el todopoderoso equipo británico, que asumió a principio de la vuelta la función de líder del equipo, ante la ausencia de los dos grandes líderes de su formación, pero que, poco a poco, fue perdiendo tiempo hasta alejarse del liderato de la carrera. Ayer decidió redimirse, se escapó al principio de la etapa con otros 25 corredores y alcanzó la base del último puerto escapado, con cuatro minutos de ventaja sobre el pelotón del líder Simon Yates, acompañado por una docena de corredores más. Durante la ascensión, hubo varios momentos de la subida en los que daba la impresión de no poder seguir el ritmo de los mejores, siempre subiendo al final del grupo de cabeza, pero a dos kilómetros de la meta lo dio todo y solo le aguantó otro ciclista. Al no conseguir despegarlo de su rueda, a un kilómetro de la cima, en un pequeno descanso en la subida entre rampas imposibles, relajó el embite y otros dos corredores se unieron al dúo de cabeza. El final es más triste, a pesar de su intento no pudo ganar la etapa. Su sufrimiento le llevó al tercer puesto de la etapa, a nueve eternos segundos del ganador.
Por último, el ciclista canadiense Michael Woods, el que aguantó la rueda a De la Cruz en las cuestas más duras del monte Oiz y rompió el sueño del corredor catalán. Pero es que Michael también tenía su propio sueño. Su propio objetivo, su propio sufrimiento que, entre lágrimas, nos narró en la meta: «Hace dos meses mi mujer y yo perdimos un bebé, estaba embarazada de 37 semanas, he hecho toda la subida pensando en él, le íbamos a llamar Hunter».
Ganó Woods, y se lo dedicó a Hunter.
Allí sufrieron todos, los que llegaron primeros, los favoritos a la general y el pelotón de rezagados, finales tan duros donde hasta el ganador de la etapa llega dando bocanadas de aire y necesita un auxiliar junto a la meta para ayudarle a mantener el equilibrio. Momentos en los que los ciclistas se preguntan cuántas trampas y cuestas de este tipo les han puesto los organizadores antes de llegar a Madrid el domingo. Solo quedan cuatro días para terminar la vuelta.
Cada etapa tiene tantas historias como corredores participan en ella, todas llenas de ciclistas, de corredores que disfrutan y sufren a partes iguales, buscando sus pequeños momentos de gloria cada día.
Fabio Aru es un ciclista italiano enjuto y de permanente sonrisa que lleva un último año complicado, con malos resultados, enfermedades y que tampoco está levantando cabeza en la vuelta. Ayer no fue su mejor día, con una caída antes de la última subida que le dejó con medio glúteo al aire, el culotte roto, sangrando y maldiciendo contra el cambio de marchas de su bici. Aun así, se subió otra vez a la bicicleta y continuó hasta la meta.
David De la Cruz es un corredor del equipo Sky, el todopoderoso equipo británico, que asumió a principio de la vuelta la función de líder del equipo, ante la ausencia de los dos grandes líderes de su formación, pero que, poco a poco, fue perdiendo tiempo hasta alejarse del liderato de la carrera. Ayer decidió redimirse, se escapó al principio de la etapa con otros 25 corredores y alcanzó la base del último puerto escapado, con cuatro minutos de ventaja sobre el pelotón del líder Simon Yates, acompañado por una docena de corredores más. Durante la ascensión, hubo varios momentos de la subida en los que daba la impresión de no poder seguir el ritmo de los mejores, siempre subiendo al final del grupo de cabeza, pero a dos kilómetros de la meta lo dio todo y solo le aguantó otro ciclista. Al no conseguir despegarlo de su rueda, a un kilómetro de la cima, en un pequeno descanso en la subida entre rampas imposibles, relajó el embite y otros dos corredores se unieron al dúo de cabeza. El final es más triste, a pesar de su intento no pudo ganar la etapa. Su sufrimiento le llevó al tercer puesto de la etapa, a nueve eternos segundos del ganador.
Por último, el ciclista canadiense Michael Woods, el que aguantó la rueda a De la Cruz en las cuestas más duras del monte Oiz y rompió el sueño del corredor catalán. Pero es que Michael también tenía su propio sueño. Su propio objetivo, su propio sufrimiento que, entre lágrimas, nos narró en la meta: «Hace dos meses mi mujer y yo perdimos un bebé, estaba embarazada de 37 semanas, he hecho toda la subida pensando en él, le íbamos a llamar Hunter».
Ganó Woods, y se lo dedicó a Hunter.
martes, 4 de septiembre de 2018
Agosto
Aprovechamos las vacaciones de mi novia para invadir su piso. No os llevéis a engaños, eramos una pareja de cuarentones que habían encontrado su segunda oportunidad, pero esa es otra historia. Ella se había ido de viaje a Tanzania, así que me traje a mis hijos a su pequeño piso. Después de tres años pasando las vacaciones en casa de mi madre, un periodo familiar para compartir espacio los tres solos me pareció apropiado, casi ideal.
Yo estaba en búsqueda de empleo. Más exactamente preparándome en una academia, así que las mañanas las pasaba estudiando en clase. Pero mi hijo pequeño no quería estar en casa, el siempre intentaba pasar el máximo tiempo posible conmigo los periodos que no estaba con su madre, así que se me presento el dilema de como acudir a la academia, ahora serian el doble de tickets de autobús de ida y vuelta, y para la estrecha economía de un parado sin prestaciones era un gran problema. Mi hija mayor, en cambio, no tenia problema en dormir toda la mañana.
Así fue como volvimos a montar en bicicleta. Hacia años que no lo intentábamos. Mi hijo tenia nueve años y todavía no sabia montar. Su hermana había aprendido conmigo con tan solo tres años, pero no todo el mundo necesita el mismo tiempo. Y en gran parte la culpa de que todavía no supiera montar en bicicleta era mía. Me fui a trabajar al extranjero unos años y en los breves periodos de tiempo que regresaba, no nos daba tiempo a entrenar lo suficiente. Mi ex tampoco intentaba enseñarle y cuando nos divorciamos la bicicleta se quedo en su casa, pero mi hijo nunca la usaba. También había heredado el niño mi deficiente sentido del equilibrio y eso, con las prisas, lo complicaba todo.
Tampoco tenia una bici adecuada para su tamaño. Todo eran pegas. Pero mi novia tenia una bicicleta plegable y eso se adaptaba al tamaño del niño. Salimos a una hora prudencial, que eso en Valencia en agosto es pasadas las siete de la tarde. Se cayó dentro del portal, se tropezó al salir con la puerta. No sabia frenar, ni dar las curvas. Tardamos mucho más de lo normal en alcanzar el viejo cauce del Turia. Fue allí donde aprendió a montar en bicicleta. En una de las rampas que hay para bajar al lecho del cauce, empezó a coger confianza. La bajaba despacito, usando los frenos, después yo le empujaba cuesta arriba y volvíamos a bajar. Yo corriendo a su lado. O detrás de el. Cada vez era un intento diferente, a veces nos cruzábamos en la cuesta con viandantes. Otras con ciclistas. Diez veces repetimos el ejercicio. El encantado, yo con el corazón desbocado persiguiéndole a pie. Tardamos más dos horas en regresar a casa.
A partir de ese día, todas las mañanas cogíamos la bicicleta y hacíamos más de cinco kilómetros en ir a la academia, y otros cinco en volver. Y por las tardes visitábamos sitios de la ciudad. El puerto, el parque de cabecera, la ciudad de las artes y las ciencias, una pista de skate...
Aprendió a ponerse de pie, a soltarse de manos, a cambiar de marcha. A mediados de mes regresó mi novia, y poco después los niños regresaron con su madre, pero Iker no olvidó jamás como montar en bicicleta.
Yo estaba en búsqueda de empleo. Más exactamente preparándome en una academia, así que las mañanas las pasaba estudiando en clase. Pero mi hijo pequeño no quería estar en casa, el siempre intentaba pasar el máximo tiempo posible conmigo los periodos que no estaba con su madre, así que se me presento el dilema de como acudir a la academia, ahora serian el doble de tickets de autobús de ida y vuelta, y para la estrecha economía de un parado sin prestaciones era un gran problema. Mi hija mayor, en cambio, no tenia problema en dormir toda la mañana.
Así fue como volvimos a montar en bicicleta. Hacia años que no lo intentábamos. Mi hijo tenia nueve años y todavía no sabia montar. Su hermana había aprendido conmigo con tan solo tres años, pero no todo el mundo necesita el mismo tiempo. Y en gran parte la culpa de que todavía no supiera montar en bicicleta era mía. Me fui a trabajar al extranjero unos años y en los breves periodos de tiempo que regresaba, no nos daba tiempo a entrenar lo suficiente. Mi ex tampoco intentaba enseñarle y cuando nos divorciamos la bicicleta se quedo en su casa, pero mi hijo nunca la usaba. También había heredado el niño mi deficiente sentido del equilibrio y eso, con las prisas, lo complicaba todo.
Tampoco tenia una bici adecuada para su tamaño. Todo eran pegas. Pero mi novia tenia una bicicleta plegable y eso se adaptaba al tamaño del niño. Salimos a una hora prudencial, que eso en Valencia en agosto es pasadas las siete de la tarde. Se cayó dentro del portal, se tropezó al salir con la puerta. No sabia frenar, ni dar las curvas. Tardamos mucho más de lo normal en alcanzar el viejo cauce del Turia. Fue allí donde aprendió a montar en bicicleta. En una de las rampas que hay para bajar al lecho del cauce, empezó a coger confianza. La bajaba despacito, usando los frenos, después yo le empujaba cuesta arriba y volvíamos a bajar. Yo corriendo a su lado. O detrás de el. Cada vez era un intento diferente, a veces nos cruzábamos en la cuesta con viandantes. Otras con ciclistas. Diez veces repetimos el ejercicio. El encantado, yo con el corazón desbocado persiguiéndole a pie. Tardamos más dos horas en regresar a casa.
A partir de ese día, todas las mañanas cogíamos la bicicleta y hacíamos más de cinco kilómetros en ir a la academia, y otros cinco en volver. Y por las tardes visitábamos sitios de la ciudad. El puerto, el parque de cabecera, la ciudad de las artes y las ciencias, una pista de skate...
Aprendió a ponerse de pie, a soltarse de manos, a cambiar de marcha. A mediados de mes regresó mi novia, y poco después los niños regresaron con su madre, pero Iker no olvidó jamás como montar en bicicleta.
lunes, 3 de septiembre de 2018
La bici rota
―¡No fue así!
La cara de Pau era una mezcla de rabia e
impotencia, estaba tan nervioso que era incapaz de explicarse, le
temblaban las manos y no podía expresarse con claridad. Estaba
dolido, confuso y, a pesar de su carácter desafiante, estaba
asustado, muy asustado.
―Solo que el coche apareció por la
esquina y no hizo ni el stop, ni el ceda el paso, ni nada ―rebatió
y, al terminar, escondió las manos tras la espalda, incapaz de
serenar el temblor. Pau recordaba el accidente a cámara lenta. Marc
iba a su derecha cuando al doblar la esquina se encontraron al coche.
Marc torció a su derecha y evito el impacto, pero Pau dudo. Ni
acelero para esquivar el choque, ni giro a la derecha para evitar el
impacto con su amigo. Esa indecisión hizo que volara por los aires
por encima del capo del vehículo.
Pau tragó saliva, además del atropello
tenía que salir indemne de las preguntas de su padre.
―Volvíamos de casa de Yeray.
―¿Quiénes?
―Marc y yo.
―¿No estaríais echando una carrera…?
Parecía que su padre le leía la mente,
pero no pensaba claudicar. Él era el atropellado, el conductor se
saltó un stop. El pique con Marc, por llegar a casa antes, era lo de
menos.
―Volvíamos a casa juntos, circulando en
paralelo, y eso es legal, ¿sabes? podemos circular los dos en
paralelo.
―Pero, ¿ibais corriendo? ―insistió su
padre.
―Es una ligera cuesta abajo. Íbamos a
velocidad…
―!Ay, Dios!
―¡No era una carrera! ―protestó Pau.
Al menos no había ningún premio para el ganador.
―Los daños en el coche son de más de
trescientos euros, Pau, no podéis ir corriendo como locos con las
bicis por ahí.
―Pero la culpa fue de él. Él me
atropelló. ―Se calló ante la férrea mirada de su padre, pero
recordó la horquilla doblada de su bicicleta y no pudo contenerse en
contestar―. También está rota la bici.
―¡La bici, la bici! ―gritó el padre,
que al mismo tiempo hizo ademán de pegar un guantazo a su hijo, pero
finalmente se contuvo y se marchó del salón en dirección a la
puerta de la casa. Se acercaría al cuartel de la guardia civil a
intentar arreglarlo.
Pau tuvo temblores en las manos toda la
tarde. Su padre regreso casi al anochecer y no dijo apenas nada. Pau
tenía un nudo en el estómago y se negó a cenar. No hubo sonrisas
en la mesa. Su madre también estuvo muy callada. Entrada la noche,
cuando Pau se acostó, rompió a llorar. Toda la tensión acumulada,
el dolor de espalda y la rabia, se diluyeron entre las lágrimas,
llorar fue el bálsamo para que durmiera toda la noche de un tirón.
Si, en lugar de reñirle, su padre lo
hubiera abrazado, se habría curado antes.
domingo, 8 de julio de 2018
El peor portero del mundo
―Ahí viene el chele en su nave...
―Pues parece que hoy sí le pondremos los zapatitos blancos.
Tenían un deje amargo, los comentarios de los sicarios, llenos de vileza y venganza, pero en dos cuerpos enjutos, casi famélicos, jóvenes mal carados y mal hablados, la vida les dio poco y ellos devolvieron a la vida menos. Gente con la que no te gustaría cruzarte en un callejón de noche. Ni de día.
Arrancaron la moto y siguieron al coche, justo lo alcanzaron cuando el semáforo mutó a verde, así que lo persiguieron esta vez mucho más cerca, hasta el siguiente rojo. La casualidad quiso que ese día el conductor fuera solo.
No necesitaron esperar mucho. Enseguida paró el vehículo. El motero sacó un revólver debajo de su chaqueta raída y empezó a disparar al auto. El paquete hizo lo mismo con una Uzi polvorienta. Cosieron el coche a tiros. Por detrás, por el lateral, por delante. No pararon la moto en ningún momento y, en cuanto se terminaron las municiones, no recargaron, simplemente continuaron la marcha dejando atrás un coche gruyer.
Ricardo reaccionó unos segundos después. Se hallaba acurrucado junto al pedal de freno y, con el pantalón mojado y las pulsaciones aceleradas, se palpó todo el cuerpo buscando alguna herida de bala. Pero no encontró nada. Salió del coche cuando el primer curioso se acercaba para ver la masacre. Vio la sorpresa en su cara, mezclada con la decepción porque el supuesto muerto se movía.
Ricardo no le prestó atención, observaba sus manos temblorosas, como un niño que descubre sus extremidades por primera vez.
Una semana después, y mientras despegaba el avión rumbo a España, pensó que no se arrepentía. Solo uno de los diez goles, el sexto exactamente, fue culpa suya cuando al salir al despejar un centro al área chocó con su compañero y el delantero húngaro aprovechó para marcar a puerta vacía.
Se iba del país una temporada. A pesar de recibir la mayor goleada en un mundial, tenía varias ofertas de jugar en el extranjero y se había decidido por el Murcia, un equipo español con un proyecto interesante donde el idioma no sería un problema.
Pero se iba dolido. Había personas que idolatraban el fútbol en su país más que cualquier religión y no le perdonarían nunca. Ahí estaban los titulares del día siguiente de su atentado frustrado:
«El peor portero del mundo. Otros 22 tiros y no paró ninguno. Ricardo ileso».
miércoles, 7 de junio de 2017
Obsesiones
La apuesta
22.50
Conchita tuvo un mal presentimiento cuando Juan, uno de los clientes habituales, entró en el local. Iba arrastrando un pie, con un ojo cerrado por la hinchazón del párpado y la cara amoratada por varios golpes. Respecto al dolor generalizado que debía sufrir en todo su cuerpo, lo daba por supuesto. Aun así, ella no tenía suficiente confianza con el sujeto para mostrar preocupación, que presentándose en la casa de apuestas con esas pintas, no auguraba nada bueno, así que prosiguió con su trabajo, ignorándolo.
Él se dirigió directamente hacia ella para que le comprobara su boleto.
—No está premiado —afirmó en tono monocorde.
—¡¿Qué?! —Él no mudó en ningún momento la expresión de su rostro, pero porque con cada movimiento sentía intensos dolores que se le incrustaban en la cabeza.
—Lo siento, el partido ha terminado 3-1 —sentenció ella.
—Iban 3-0 en el 87’. No puede ser.
Una lágrima amenazó con salir de su único ojo sano, pero se giró, impidiendo que Conchita llegara siquiera a intuirla, con el mismo movimiento arrugó el puto boleto y masculló por lo bajo:
—Quizá mi hermana esta vez…
20.45
Acababan de marcar el 3-0 cuando la radio se estrelló contra su rostro, perdiendo en ese momento el conocimiento y la retrasmisión del partido. Sin embargo el golpe no le dolió tanto. Eran casi seis mil euros de premio por acertar ese resultado.
De todas maneras, habría que añadir, que antes de que entraran aquellos dos energúmenos en su domicilio, no coincidía la narración deportiva sintonizada en la radio, con las imágenes del partido televisado. La mesa camilla rivalizaba en desorden con el sucio suelo del salón. Si la quiniela había sido su pasión, la aparición de locales de apuestas deportivas había sido su perdición. Listados de goleadores de la liga turca se mezclaban con otros idénticos de las ligas italiana, francesa, alemana y rusa, si buscabas un poco, encontrarías referencias de la liga china y también la japonesa. Llevaba años estudiándolo todo: porteros, defensas, medios y delanteros; victorias en casa y fuera; rachas de partidos ganados, penalties, expulsiones y árbitros; movimientos accionariales de los grandes equipos; promesas, canteranos y fichajes estrella. Pero sobre todo los coeficientes y las casas de apuestas. «Mantén siempre las tres reglas: Uno, nunca apuestes a un coeficiente menor de 1,5, los beneficios son muy bajos. Dos, nunca apuestes a un coeficiente por encima del 3, es demasiado arriesgado. Y por último, no combines más de tres resultados en una apuesta, acaba siendo una lotería».
Y, sobre todo, compara casas de apuestas para ver cuál te da el mejor coeficiente, escoge en la red los mejores porcentajes y vigila las noticias de partidos amañados. Anota, recuerda: horarios, días, ligas, campeonatos. Y, apuesta.
Ir a las casas de apuestas que poblaban la ciudad, era un aliciente para relacionarse con otros aficionados, salir de casa y disfrutar un poco de las pantallas gigantes de los establecimientos, aunque el dinero se movía en internet. Pero cuando empiezas a tener problemas de efectivo, quitarse la conexión a la red en casa, era una manera temporal de superar la mala racha.
Estaba seguro de que cuando despertara estaría completamente dolorido y solo, pero tendría los seis mil euros del premio y podría devolver el dinero al prestamista. Aquella paliza era innecesaria.
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