Los aceros suenan al cruzarse. No es un sonido agradable cuando te juegas la vida. Procuro mantenerme de perfil a mi contrincante, para ofrecerle la menor parte posible de mi cuerpo como blanco. Él, pertrechado en su armadura, se cubre menos que yo, confiado en su mandoble y sus protecciones. Yo me muevo ligero entre sus estocadas, mi arma, un florete mucho menos pesado que su espada, parece endeble en cada golpe, pero resiste. Yo soy paciente y habilidoso, mi jubón de cuero me proporciona una protección escasa, a cambio de una movilidad absoluta.
Un pequeño estruendo resuena en la sala cuando su mandoble golpea una de las columnas con las que protejo momentaneamente mi cuerpo. Sus golpes me duelen en la muñeca, un par más de esos y tendré que coger el florete con las dos manos, ¡qué deshonra!
Es grande y rápido a pesar de la armadura, pero en estos casos soy más paciente todavía. Al final, en pocos minutos se moverá demasiado lento, se escuchará su resuello pidiendo un respiro y estará perdido.
Esquivo un golpe alto y flexiono mis piernas impulsando mi cuerpo hacia delante, le alcanzo con un movimiento rápido en el pecho, en la armadura, cosa que, obviamente, no le hiere y que me deja en una posición poco deseable, demasiado cerca. Se abalanza sobre mí y rodamos por el suelo.
La cosa se complica, con esa coraza debe de pesar cincuenta kilos más que yo.
Pierdo el florete en el envite y él se desentiende de su espada cuando le golpeo con un puñal en el guantelete. Por supuesto, no le he herido con la hoja, pero le he hecho daño en la mano y lo he despistado lo suficiente para zafarme de él.
Me alejo y busco mi florete por el suelo, y me arrepiento de no haberle rematado con un golpe certero de mi puñal en su garganta. Ahora ha recuperado su mandoble, yo estoy sin florete y él sabe que estoy en desventaja. Escucho su risa mientras se levanta despacio, su puñetera armadura le hace lento, pero tiene pocos huecos por donde hundirle el arma. Estoy en el momento justo para huir y desistir, él se interpone entre el cofre y yo, pero el camino hacia la puerta esta despejado y no podría seguirme ni cincuenta metros con esas pesadas protecciones. Sólo aprieto los dientes.
Se acerca. Le espero con el puñal en mi derecha y hago que observe mi mano izquierda desnuda, quiero que se confíe y piense que no llevo más armas. Tengo que acercarme demasiado para matarle. Esquivo su primer golpe e intento aproximarme, ¡imposible! Su segundo mandoble roza mi jubón y retrocedo otra vez. Me escondo tras una columna y recojo algo de arena del suelo con la mano.
Vuelvo a encararme a él, me ha dicho algo, pero no le he entendido. Nuevamente intenta golpearme y lo vuelvo a esquivar. Le lanzo la arena a los ojos y fallo.
Se rie de mi ineptitud. Tropiezo y me arrastro lejos de su siguiente golpe. El actúa demasiado lento ante mi infortunio y deja escapar la oportunidad.
-Te queda poco, bailarín. Voy a ensartarte con mi espada.
Lanza un nuevo golpe acuchillando el aire y me arrincona en una pared. Cuando regresa su brazo con otra puñalada, tomo impulso con mis piernas y me abalanzo contra él, no se lo espera y no puede armar su brazo, chocamos, mi cuerpo contra su hombro. Eso hace que mantenga su espada abajo, mis manos libres, él lento y pesado, mis fuerzas justas, casi no lo derribo. Casi.
Intenta levantar el mandoble desde el suelo, pero yo ya estoy encima, con la mano derecha levanto su casco y con la izquierda clavo mi puñal en su garganta y lo levanto hasta el cerebro. Lo mantengo firme mientras mi mano se llena de su sangre y él se ahoga con ella, hasta que no se mueve.
Me retiro rápido de encima, para evitar un posible golpe postrero, pero no lo intenta. Sus únicos movimientos ya son leves estertores. Estoy sudando. Mi ánimo oscila entre el terror y la euforia.
Recojo mi florete y diviso el cofre. Lo abro. Está vacio.
domingo, 12 de mayo de 2019
domingo, 31 de marzo de 2019
La caída del Alcazar
-¡María!
Una voz familiar sonó entre los matorrales, junto al camino de regreso a Toledo. De allí salió su hermana, parapetada tras ellos.
-¿Que hacéis vos aquí? -preguntó sorprendida.
-Salvaros, hermana -contestó escuetamente la recién llegada y a la par mostró su sonrisa.
Pero a María, tras escapar del asedio del Alcázar, le urgía regresar a la ciudad y reunir a las tropas que aún le quedarán.
-Debemos volver, Toledo y sus gentes nos necesitan.
-Ya no les debemos nada, María. Todo esta perdido, es el momento de huir. Vuestro marido yace lejos de aquí, y la ciudad caerá más pronto que tarde en manos del Rey.
Una mueca de rabia se movió en la comisura de sus labios.
-¿Acaso osas llamar rey a ese extranjero? -inquirió María.
-¿Es que no es el hijo de Juana? La misma que no aceptó el reinado que le ofreció vuestro marido, para no enfrentarse a su hijo.
Un breve silencio acompaño aquella afirmación. María se tomó su tiempo en contestar. Pero lo hizo con firmeza:
-No merece Castilla gobernantes que no la aman. Fuimos la primera comunidad del reino y mantendremos la llama. Soy María López de Mendoza y Pacheco, viuda de Juan de Padilla, capitán general de los comuneros, Leona de Castilla, Brava Hembra, Centella de Fuego y defenderé con mi vida hasta el último comunero.
Se le nublo la vista a la interlocutora, su hermana no veía el peligro y era terca y cabezota.
-Apenas un día habéis mantenido el alcázar, ya no hay tropas francesas en Navarra que entretengan al rey, los nobles ya no apoyan la revuelta, y tuvisteis que apuntar vuestros propios cañones hacia la ciudad para evitar las deserciones, no debéis regalar al rey vuestra cabeza. Vuestro hijo Pedro no debe quedar huérfano de madre.
-¡No rendiré la ciudad!
-¡Por Dios que no lo haréis! Solo debéis marchar, el camino hacia Portugal este despejado, cruzareis la frontera antes que descubran vuestra marcha.
No tenía intención de ceder pero entre los matorrales apareció en aquel momento el pequeño Pedro, que corrió hacia los brazos de su madre y la hizo quebrar.
-¿Quien sabe todo esto?
-Nadie lo debe saber -le dijo mientras la ayudaba a montar el caballo-. Hay un largo viaje hasta Talavera, allí os darán cobijo y os acompañarán el resto del camino.
-Hermana, yo... -Las palabras se ahogaba en su garganta-. Yo hice lo que pude -afirmó, con lágrimas en los ojos.
Apenas la dejo decir más.
-Nuestro hermano Luis intercederá por vos, cuidad del pequeño.
Una sonrisa envolvió el abrazo entre las dos.
Cuatro de febrero de mil quinientos veintidós.
Una voz familiar sonó entre los matorrales, junto al camino de regreso a Toledo. De allí salió su hermana, parapetada tras ellos.
-¿Que hacéis vos aquí? -preguntó sorprendida.
-Salvaros, hermana -contestó escuetamente la recién llegada y a la par mostró su sonrisa.
Pero a María, tras escapar del asedio del Alcázar, le urgía regresar a la ciudad y reunir a las tropas que aún le quedarán.
-Debemos volver, Toledo y sus gentes nos necesitan.
-Ya no les debemos nada, María. Todo esta perdido, es el momento de huir. Vuestro marido yace lejos de aquí, y la ciudad caerá más pronto que tarde en manos del Rey.
Una mueca de rabia se movió en la comisura de sus labios.
-¿Acaso osas llamar rey a ese extranjero? -inquirió María.
-¿Es que no es el hijo de Juana? La misma que no aceptó el reinado que le ofreció vuestro marido, para no enfrentarse a su hijo.
Un breve silencio acompaño aquella afirmación. María se tomó su tiempo en contestar. Pero lo hizo con firmeza:
-No merece Castilla gobernantes que no la aman. Fuimos la primera comunidad del reino y mantendremos la llama. Soy María López de Mendoza y Pacheco, viuda de Juan de Padilla, capitán general de los comuneros, Leona de Castilla, Brava Hembra, Centella de Fuego y defenderé con mi vida hasta el último comunero.
Se le nublo la vista a la interlocutora, su hermana no veía el peligro y era terca y cabezota.
-Apenas un día habéis mantenido el alcázar, ya no hay tropas francesas en Navarra que entretengan al rey, los nobles ya no apoyan la revuelta, y tuvisteis que apuntar vuestros propios cañones hacia la ciudad para evitar las deserciones, no debéis regalar al rey vuestra cabeza. Vuestro hijo Pedro no debe quedar huérfano de madre.
-¡No rendiré la ciudad!
-¡Por Dios que no lo haréis! Solo debéis marchar, el camino hacia Portugal este despejado, cruzareis la frontera antes que descubran vuestra marcha.
No tenía intención de ceder pero entre los matorrales apareció en aquel momento el pequeño Pedro, que corrió hacia los brazos de su madre y la hizo quebrar.
-¿Quien sabe todo esto?
-Nadie lo debe saber -le dijo mientras la ayudaba a montar el caballo-. Hay un largo viaje hasta Talavera, allí os darán cobijo y os acompañarán el resto del camino.
-Hermana, yo... -Las palabras se ahogaba en su garganta-. Yo hice lo que pude -afirmó, con lágrimas en los ojos.
Apenas la dejo decir más.
-Nuestro hermano Luis intercederá por vos, cuidad del pequeño.
Una sonrisa envolvió el abrazo entre las dos.
Cuatro de febrero de mil quinientos veintidós.
miércoles, 6 de marzo de 2019
La cuchara
Una parábola perfecta. Mi mano describió una parábola perfecta hasta impactar en su rostro. Después continué con un par de docenas de puñetazos. En la cabeza principalmente. Paré cuando mis pulmones se ahogaron. Puto tabaco. Uno de mis golpes le alcanzó en el plexo solar. Boqueaba tirada en el suelo del salón. Ella estaba más asfixiada que yo.
Maldita loca. A pesar del cansancio la rabia volvía a mi. No tanta como al principio. La suficiente para seguir pateándola. Un poco más. Hasta oírla disculparse. Unas horas más tarde vino la policía.
Me denunció. Hice mal. Yo la quiero. Estamos enamorados. No era mi intención. Yo no quería. Fue ella. Ella empezó. Ella me insultó. Yo no tenía intención. Fue ella. Yo no soy así.
¿Qué otra cosa podía hacer? Tenía que defender mi honor. Soy un hombre. No soy un animal. Me puso el plato de sopa en la mesa. No había cuchara. ¿Como pretendía que comiera la sopa? ¿Con las manos? ¿Acaso soy un puto cerdo?
Fue culpa suya, pero ella me quiere, estamos enamorados.
Maldita loca. A pesar del cansancio la rabia volvía a mi. No tanta como al principio. La suficiente para seguir pateándola. Un poco más. Hasta oírla disculparse. Unas horas más tarde vino la policía.
Me denunció. Hice mal. Yo la quiero. Estamos enamorados. No era mi intención. Yo no quería. Fue ella. Ella empezó. Ella me insultó. Yo no tenía intención. Fue ella. Yo no soy así.
¿Qué otra cosa podía hacer? Tenía que defender mi honor. Soy un hombre. No soy un animal. Me puso el plato de sopa en la mesa. No había cuchara. ¿Como pretendía que comiera la sopa? ¿Con las manos? ¿Acaso soy un puto cerdo?
Fue culpa suya, pero ella me quiere, estamos enamorados.
sábado, 15 de septiembre de 2018
La vuelta en Vizcaya
Tiene la vuelta ciclista a España cierta propensión, durante los últimos años, a los puertos de cuestas imposibles, aunque los puristas de la bicicleta renieguen de las montañas que se suben y bajan por una única carretera. Justo como ayer, donde el monte Oiz impuso ese tipo de porcentajes a los ciclistas.
Allí sufrieron todos, los que llegaron primeros, los favoritos a la general y el pelotón de rezagados, finales tan duros donde hasta el ganador de la etapa llega dando bocanadas de aire y necesita un auxiliar junto a la meta para ayudarle a mantener el equilibrio. Momentos en los que los ciclistas se preguntan cuántas trampas y cuestas de este tipo les han puesto los organizadores antes de llegar a Madrid el domingo. Solo quedan cuatro días para terminar la vuelta.
Cada etapa tiene tantas historias como corredores participan en ella, todas llenas de ciclistas, de corredores que disfrutan y sufren a partes iguales, buscando sus pequeños momentos de gloria cada día.
Fabio Aru es un ciclista italiano enjuto y de permanente sonrisa que lleva un último año complicado, con malos resultados, enfermedades y que tampoco está levantando cabeza en la vuelta. Ayer no fue su mejor día, con una caída antes de la última subida que le dejó con medio glúteo al aire, el culotte roto, sangrando y maldiciendo contra el cambio de marchas de su bici. Aun así, se subió otra vez a la bicicleta y continuó hasta la meta.
David De la Cruz es un corredor del equipo Sky, el todopoderoso equipo británico, que asumió a principio de la vuelta la función de líder del equipo, ante la ausencia de los dos grandes líderes de su formación, pero que, poco a poco, fue perdiendo tiempo hasta alejarse del liderato de la carrera. Ayer decidió redimirse, se escapó al principio de la etapa con otros 25 corredores y alcanzó la base del último puerto escapado, con cuatro minutos de ventaja sobre el pelotón del líder Simon Yates, acompañado por una docena de corredores más. Durante la ascensión, hubo varios momentos de la subida en los que daba la impresión de no poder seguir el ritmo de los mejores, siempre subiendo al final del grupo de cabeza, pero a dos kilómetros de la meta lo dio todo y solo le aguantó otro ciclista. Al no conseguir despegarlo de su rueda, a un kilómetro de la cima, en un pequeno descanso en la subida entre rampas imposibles, relajó el embite y otros dos corredores se unieron al dúo de cabeza. El final es más triste, a pesar de su intento no pudo ganar la etapa. Su sufrimiento le llevó al tercer puesto de la etapa, a nueve eternos segundos del ganador.
Por último, el ciclista canadiense Michael Woods, el que aguantó la rueda a De la Cruz en las cuestas más duras del monte Oiz y rompió el sueño del corredor catalán. Pero es que Michael también tenía su propio sueño. Su propio objetivo, su propio sufrimiento que, entre lágrimas, nos narró en la meta: «Hace dos meses mi mujer y yo perdimos un bebé, estaba embarazada de 37 semanas, he hecho toda la subida pensando en él, le íbamos a llamar Hunter».
Ganó Woods, y se lo dedicó a Hunter.
Allí sufrieron todos, los que llegaron primeros, los favoritos a la general y el pelotón de rezagados, finales tan duros donde hasta el ganador de la etapa llega dando bocanadas de aire y necesita un auxiliar junto a la meta para ayudarle a mantener el equilibrio. Momentos en los que los ciclistas se preguntan cuántas trampas y cuestas de este tipo les han puesto los organizadores antes de llegar a Madrid el domingo. Solo quedan cuatro días para terminar la vuelta.
Cada etapa tiene tantas historias como corredores participan en ella, todas llenas de ciclistas, de corredores que disfrutan y sufren a partes iguales, buscando sus pequeños momentos de gloria cada día.
Fabio Aru es un ciclista italiano enjuto y de permanente sonrisa que lleva un último año complicado, con malos resultados, enfermedades y que tampoco está levantando cabeza en la vuelta. Ayer no fue su mejor día, con una caída antes de la última subida que le dejó con medio glúteo al aire, el culotte roto, sangrando y maldiciendo contra el cambio de marchas de su bici. Aun así, se subió otra vez a la bicicleta y continuó hasta la meta.
David De la Cruz es un corredor del equipo Sky, el todopoderoso equipo británico, que asumió a principio de la vuelta la función de líder del equipo, ante la ausencia de los dos grandes líderes de su formación, pero que, poco a poco, fue perdiendo tiempo hasta alejarse del liderato de la carrera. Ayer decidió redimirse, se escapó al principio de la etapa con otros 25 corredores y alcanzó la base del último puerto escapado, con cuatro minutos de ventaja sobre el pelotón del líder Simon Yates, acompañado por una docena de corredores más. Durante la ascensión, hubo varios momentos de la subida en los que daba la impresión de no poder seguir el ritmo de los mejores, siempre subiendo al final del grupo de cabeza, pero a dos kilómetros de la meta lo dio todo y solo le aguantó otro ciclista. Al no conseguir despegarlo de su rueda, a un kilómetro de la cima, en un pequeno descanso en la subida entre rampas imposibles, relajó el embite y otros dos corredores se unieron al dúo de cabeza. El final es más triste, a pesar de su intento no pudo ganar la etapa. Su sufrimiento le llevó al tercer puesto de la etapa, a nueve eternos segundos del ganador.
Por último, el ciclista canadiense Michael Woods, el que aguantó la rueda a De la Cruz en las cuestas más duras del monte Oiz y rompió el sueño del corredor catalán. Pero es que Michael también tenía su propio sueño. Su propio objetivo, su propio sufrimiento que, entre lágrimas, nos narró en la meta: «Hace dos meses mi mujer y yo perdimos un bebé, estaba embarazada de 37 semanas, he hecho toda la subida pensando en él, le íbamos a llamar Hunter».
Ganó Woods, y se lo dedicó a Hunter.
martes, 4 de septiembre de 2018
Agosto
Aprovechamos las vacaciones de mi novia para invadir su piso. No os llevéis a engaños, eramos una pareja de cuarentones que habían encontrado su segunda oportunidad, pero esa es otra historia. Ella se había ido de viaje a Tanzania, así que me traje a mis hijos a su pequeño piso. Después de tres años pasando las vacaciones en casa de mi madre, un periodo familiar para compartir espacio los tres solos me pareció apropiado, casi ideal.
Yo estaba en búsqueda de empleo. Más exactamente preparándome en una academia, así que las mañanas las pasaba estudiando en clase. Pero mi hijo pequeño no quería estar en casa, el siempre intentaba pasar el máximo tiempo posible conmigo los periodos que no estaba con su madre, así que se me presento el dilema de como acudir a la academia, ahora serian el doble de tickets de autobús de ida y vuelta, y para la estrecha economía de un parado sin prestaciones era un gran problema. Mi hija mayor, en cambio, no tenia problema en dormir toda la mañana.
Así fue como volvimos a montar en bicicleta. Hacia años que no lo intentábamos. Mi hijo tenia nueve años y todavía no sabia montar. Su hermana había aprendido conmigo con tan solo tres años, pero no todo el mundo necesita el mismo tiempo. Y en gran parte la culpa de que todavía no supiera montar en bicicleta era mía. Me fui a trabajar al extranjero unos años y en los breves periodos de tiempo que regresaba, no nos daba tiempo a entrenar lo suficiente. Mi ex tampoco intentaba enseñarle y cuando nos divorciamos la bicicleta se quedo en su casa, pero mi hijo nunca la usaba. También había heredado el niño mi deficiente sentido del equilibrio y eso, con las prisas, lo complicaba todo.
Tampoco tenia una bici adecuada para su tamaño. Todo eran pegas. Pero mi novia tenia una bicicleta plegable y eso se adaptaba al tamaño del niño. Salimos a una hora prudencial, que eso en Valencia en agosto es pasadas las siete de la tarde. Se cayó dentro del portal, se tropezó al salir con la puerta. No sabia frenar, ni dar las curvas. Tardamos mucho más de lo normal en alcanzar el viejo cauce del Turia. Fue allí donde aprendió a montar en bicicleta. En una de las rampas que hay para bajar al lecho del cauce, empezó a coger confianza. La bajaba despacito, usando los frenos, después yo le empujaba cuesta arriba y volvíamos a bajar. Yo corriendo a su lado. O detrás de el. Cada vez era un intento diferente, a veces nos cruzábamos en la cuesta con viandantes. Otras con ciclistas. Diez veces repetimos el ejercicio. El encantado, yo con el corazón desbocado persiguiéndole a pie. Tardamos más dos horas en regresar a casa.
A partir de ese día, todas las mañanas cogíamos la bicicleta y hacíamos más de cinco kilómetros en ir a la academia, y otros cinco en volver. Y por las tardes visitábamos sitios de la ciudad. El puerto, el parque de cabecera, la ciudad de las artes y las ciencias, una pista de skate...
Aprendió a ponerse de pie, a soltarse de manos, a cambiar de marcha. A mediados de mes regresó mi novia, y poco después los niños regresaron con su madre, pero Iker no olvidó jamás como montar en bicicleta.
Yo estaba en búsqueda de empleo. Más exactamente preparándome en una academia, así que las mañanas las pasaba estudiando en clase. Pero mi hijo pequeño no quería estar en casa, el siempre intentaba pasar el máximo tiempo posible conmigo los periodos que no estaba con su madre, así que se me presento el dilema de como acudir a la academia, ahora serian el doble de tickets de autobús de ida y vuelta, y para la estrecha economía de un parado sin prestaciones era un gran problema. Mi hija mayor, en cambio, no tenia problema en dormir toda la mañana.
Así fue como volvimos a montar en bicicleta. Hacia años que no lo intentábamos. Mi hijo tenia nueve años y todavía no sabia montar. Su hermana había aprendido conmigo con tan solo tres años, pero no todo el mundo necesita el mismo tiempo. Y en gran parte la culpa de que todavía no supiera montar en bicicleta era mía. Me fui a trabajar al extranjero unos años y en los breves periodos de tiempo que regresaba, no nos daba tiempo a entrenar lo suficiente. Mi ex tampoco intentaba enseñarle y cuando nos divorciamos la bicicleta se quedo en su casa, pero mi hijo nunca la usaba. También había heredado el niño mi deficiente sentido del equilibrio y eso, con las prisas, lo complicaba todo.
Tampoco tenia una bici adecuada para su tamaño. Todo eran pegas. Pero mi novia tenia una bicicleta plegable y eso se adaptaba al tamaño del niño. Salimos a una hora prudencial, que eso en Valencia en agosto es pasadas las siete de la tarde. Se cayó dentro del portal, se tropezó al salir con la puerta. No sabia frenar, ni dar las curvas. Tardamos mucho más de lo normal en alcanzar el viejo cauce del Turia. Fue allí donde aprendió a montar en bicicleta. En una de las rampas que hay para bajar al lecho del cauce, empezó a coger confianza. La bajaba despacito, usando los frenos, después yo le empujaba cuesta arriba y volvíamos a bajar. Yo corriendo a su lado. O detrás de el. Cada vez era un intento diferente, a veces nos cruzábamos en la cuesta con viandantes. Otras con ciclistas. Diez veces repetimos el ejercicio. El encantado, yo con el corazón desbocado persiguiéndole a pie. Tardamos más dos horas en regresar a casa.
A partir de ese día, todas las mañanas cogíamos la bicicleta y hacíamos más de cinco kilómetros en ir a la academia, y otros cinco en volver. Y por las tardes visitábamos sitios de la ciudad. El puerto, el parque de cabecera, la ciudad de las artes y las ciencias, una pista de skate...
Aprendió a ponerse de pie, a soltarse de manos, a cambiar de marcha. A mediados de mes regresó mi novia, y poco después los niños regresaron con su madre, pero Iker no olvidó jamás como montar en bicicleta.
lunes, 3 de septiembre de 2018
La bici rota
―¡No fue así!
La cara de Pau era una mezcla de rabia e
impotencia, estaba tan nervioso que era incapaz de explicarse, le
temblaban las manos y no podía expresarse con claridad. Estaba
dolido, confuso y, a pesar de su carácter desafiante, estaba
asustado, muy asustado.
―Solo que el coche apareció por la
esquina y no hizo ni el stop, ni el ceda el paso, ni nada ―rebatió
y, al terminar, escondió las manos tras la espalda, incapaz de
serenar el temblor. Pau recordaba el accidente a cámara lenta. Marc
iba a su derecha cuando al doblar la esquina se encontraron al coche.
Marc torció a su derecha y evito el impacto, pero Pau dudo. Ni
acelero para esquivar el choque, ni giro a la derecha para evitar el
impacto con su amigo. Esa indecisión hizo que volara por los aires
por encima del capo del vehículo.
Pau tragó saliva, además del atropello
tenía que salir indemne de las preguntas de su padre.
―Volvíamos de casa de Yeray.
―¿Quiénes?
―Marc y yo.
―¿No estaríais echando una carrera…?
Parecía que su padre le leía la mente,
pero no pensaba claudicar. Él era el atropellado, el conductor se
saltó un stop. El pique con Marc, por llegar a casa antes, era lo de
menos.
―Volvíamos a casa juntos, circulando en
paralelo, y eso es legal, ¿sabes? podemos circular los dos en
paralelo.
―Pero, ¿ibais corriendo? ―insistió su
padre.
―Es una ligera cuesta abajo. Íbamos a
velocidad…
―!Ay, Dios!
―¡No era una carrera! ―protestó Pau.
Al menos no había ningún premio para el ganador.
―Los daños en el coche son de más de
trescientos euros, Pau, no podéis ir corriendo como locos con las
bicis por ahí.
―Pero la culpa fue de él. Él me
atropelló. ―Se calló ante la férrea mirada de su padre, pero
recordó la horquilla doblada de su bicicleta y no pudo contenerse en
contestar―. También está rota la bici.
―¡La bici, la bici! ―gritó el padre,
que al mismo tiempo hizo ademán de pegar un guantazo a su hijo, pero
finalmente se contuvo y se marchó del salón en dirección a la
puerta de la casa. Se acercaría al cuartel de la guardia civil a
intentar arreglarlo.
Pau tuvo temblores en las manos toda la
tarde. Su padre regreso casi al anochecer y no dijo apenas nada. Pau
tenía un nudo en el estómago y se negó a cenar. No hubo sonrisas
en la mesa. Su madre también estuvo muy callada. Entrada la noche,
cuando Pau se acostó, rompió a llorar. Toda la tensión acumulada,
el dolor de espalda y la rabia, se diluyeron entre las lágrimas,
llorar fue el bálsamo para que durmiera toda la noche de un tirón.
Si, en lugar de reñirle, su padre lo
hubiera abrazado, se habría curado antes.
domingo, 8 de julio de 2018
El peor portero del mundo
―Ahí viene el chele en su nave...
―Pues parece que hoy sí le pondremos los zapatitos blancos.
Tenían un deje amargo, los comentarios de los sicarios, llenos de vileza y venganza, pero en dos cuerpos enjutos, casi famélicos, jóvenes mal carados y mal hablados, la vida les dio poco y ellos devolvieron a la vida menos. Gente con la que no te gustaría cruzarte en un callejón de noche. Ni de día.
Arrancaron la moto y siguieron al coche, justo lo alcanzaron cuando el semáforo mutó a verde, así que lo persiguieron esta vez mucho más cerca, hasta el siguiente rojo. La casualidad quiso que ese día el conductor fuera solo.
No necesitaron esperar mucho. Enseguida paró el vehículo. El motero sacó un revólver debajo de su chaqueta raída y empezó a disparar al auto. El paquete hizo lo mismo con una Uzi polvorienta. Cosieron el coche a tiros. Por detrás, por el lateral, por delante. No pararon la moto en ningún momento y, en cuanto se terminaron las municiones, no recargaron, simplemente continuaron la marcha dejando atrás un coche gruyer.
Ricardo reaccionó unos segundos después. Se hallaba acurrucado junto al pedal de freno y, con el pantalón mojado y las pulsaciones aceleradas, se palpó todo el cuerpo buscando alguna herida de bala. Pero no encontró nada. Salió del coche cuando el primer curioso se acercaba para ver la masacre. Vio la sorpresa en su cara, mezclada con la decepción porque el supuesto muerto se movía.
Ricardo no le prestó atención, observaba sus manos temblorosas, como un niño que descubre sus extremidades por primera vez.
Una semana después, y mientras despegaba el avión rumbo a España, pensó que no se arrepentía. Solo uno de los diez goles, el sexto exactamente, fue culpa suya cuando al salir al despejar un centro al área chocó con su compañero y el delantero húngaro aprovechó para marcar a puerta vacía.
Se iba del país una temporada. A pesar de recibir la mayor goleada en un mundial, tenía varias ofertas de jugar en el extranjero y se había decidido por el Murcia, un equipo español con un proyecto interesante donde el idioma no sería un problema.
Pero se iba dolido. Había personas que idolatraban el fútbol en su país más que cualquier religión y no le perdonarían nunca. Ahí estaban los titulares del día siguiente de su atentado frustrado:
«El peor portero del mundo. Otros 22 tiros y no paró ninguno. Ricardo ileso».
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